Puerto de Palos

LA DIFICIL CONSTRUCCIÓN DE LA TOLERANCIA POLITICA
(Refundar la política desde la cooperación)

                      En los últimos quince días hemos asistido al desarrollo de una coyuntura crítica cuyo eje de articulación lo constituyó la huelga magisterial y la declaratoria del estado de emergencia para aplacar las protestas sociales. Cuando se logra una mediación religiosa aceptada por las partes y se llega a un acuerdo para superar el conflicto central entre el SUTEP y el Gobierno, se evidencia ante todos que el sindicato está dividido y no puede garantizar el cumplimiento del acuerdo. Monseñor Bambarén pierde la ecuanimidad y la emprende contra Pucallakta, el gobierno emprende la represión administrativa contra los profesores en huelga y la clase política de forma mayoritaria clama por una mayor austeridad republicana, vía recortes de grandes sueldos y una mayor racionalización de los mismos. Nadie recuerda que la estructura salarial pública se hereda de la etapa fujimorista.

                      Hasta ahí el conflicto se procesa en términos ambiguos. Hay desconfianza y tendencia a la satanización, cuando en realidad la huelga magisterial cumple una serie de rituales cuyos orígenes se remontan a los años setenta cuando el sindicato era casi clandestino. Casi cuatro semanas de huelga no es nada comparado a los largos meses de paralización de labores durante la dictadura militar. La cúpula del SUTEP ha dado muestras de firmeza, pero también de moderación. Al final se trata que los maestros canalicen sus demandas en términos institucionales y el sindicato es imprescindible para ello. Luego de la huelga posiblemente el SUTEP tenga que reformarse y Patria Roja ceder espacios si se desea mantener la unidad de acción del magisterio.

                      El conflicto también ha mostrado hasta que punto un ministro de educación  incompetente es tan peligroso como la mafia montesinista o los remanentes de Sendero Luminoso en la selva. Lamentablemente el toledismo, como proyecto y equipo ha mostrado en esta coyuntura. Su agotamiento y cancelación como grupo dirigente y conductor de la gobernabilidad democrática. El problema es que tiene el encargo de dirigir al estado hasta el 2006. Por más que se recurra a la fraseología de la transición, el toledismo ya no puede sólo. El Presidente del Consejo de Ministros Luis Solari terminó de agotar los últimos balones  de oxígeno democrático. El relevo que se negocia puede dividir al oficialismo si no se pactan enroques y trueques. El gobierno de Perú Posible y el FIM pareciera estar llegando al final de su mandato, cuando ni siquiera ha cumplido la mitad.

                      El estado de emergencia ha sido desafiado y desacreditado en la práctica con la marcha que convocó la CGTP y que paralizó el centro de Lima. Podría verse como un triunfo de la ciudadanía social y política frente a la represión. Pero también puede leerse como una muestra de tolerancia gubernativa al desafío social y laboral.

                      La tolerancia, base indispensable del consenso, aparece por destellos y tiende a ocupar espacios sociales y políticos aunque formalmente parezca lo contrario. Si desvestimos las movilizaciones sociales y laborales de su carga ritual y vocinglera, aparecen actores democráticos con demandas racionales en espera de negociación. Ningún maestro, agricultor, médico o empleado público ha planteado en la mesa de negociación la caída del gobierno, el regreso del autoritarismo nipón o el inicio de alguna revolución roja o rosada.

                      El malestar social es tan legítimo y legal, como la incertidumbre de los jóvenes, el optimismo de la clase política democrática o el pesimismo de los intelectuales. Cada sector vive la crisis según sus parámetros y posibilidades. Incluso el gobierno toledista con su inercia y despiste fielmente retratadas en los dionisiacos viajes presidenciales a Punta Sal, sigue esta lógica.

                      Hoy más que nunca, aunque suene irreal, hay grandes posibilidades de organización de la tolerancia democrática. Pero esta no cae del cielo, se requieren líderes y actores con gran sentido de la responsabilidad política, con visiones   que trasciendan los intereses inmediatos, que sepan ceder, que sean generosos y sobre todo que conozcan las formas de acción política en el Perú. Algunos confunden esto con ganar elecciones, y no es así.

                      No en balde los mayores opositores a la tolerancia democrática en el Perú, son los que han aprendido a negociar su representación con intereses excluyentes de grupo. Son los cultivadores del “ Anti “ en todos sus formatos y significados. Por ejemplo, el FIM de Fernando Olivera, el único partido en América Latina diseñado para destruir a otro partido, en este caso el APRA.

                      Otro tanto sucede con la gritería organizada en torno a algunos miembros de la Comisión de la Verdad, porque se caracteriza a Sendero Luminoso como un partido político. Al margen de lo discutible del concepto vertido por los comisionados Carlos Tapia y Sofía Macher, lo cierto es que han surgido voces en el parlamento, en los medios de prensa y grupos fácticos que denotan una gran intolerancia y una visión recortada de lo que es una Democracia que por definición es incluyente. Tal es el caso del congresista Rafael Rey, quien utilizando argumentos de la época de la guerra fría y desempolvando agresivos argumentos pinochetistas, ha puesto el grito en el cielo no sólo por las declaraciones de los comisionados aludidos sinó por la exhibición pública de los videos de los líderes o ex jefes  de SL y el MRTA.

                      Tanto Durand, como Polay, Cárdenas y Gálvez se han rectificado públicamente y pedido perdón por la vía de violencia armada que escogieron en los años ochenta. Ni siquiera Lori Berenson – que no estuvo involucrada en delitos de sangre - llegó a tanto. Y no ha habido de por medio ningún “ caso Padilla “ de corrección, del tipo stalinista  cubano para demeritar este gesto de los ex guerrilleros.

                      La pregunta que asoma es ¿ Porqué debe haber reconciliación si se ganó la guerra a los grupos subversivos? Y la respuesta primitiva es la de Rafael Rey: No debe haber reconciliación porque nosotros ganamos. Con esa visión, el terrorismo de estado que existió queda legitimada. El juego de suma cero, la negación del otro, la imposición autoritaria que tanto daño ha hecho en el Perú se consolida y beneficia a quienes les gusta exhibir trofeos de guerra. Eso no tiene mucho que ver con la sociedad nacional democrática y sí mucho de relación con el fundamentalismo político.                    

                      Debe haber reconciliación sobre la base del perdón. Y la base del perdón es la verdad. Con ello no se ofende a nadie, ni a la memoria de los muertos y desaparecidos, ni a quienes murieron cumpliendo su deber. Debemos también desterrar mitos, Ni Fujimori nos libró de la subversión ni las FFAA salieron victoriosas del proceso. Aquí perdimos todos.

                      Ya los analistas comienzan a precisar que salvo la caída de Guzmán ( detectado antes del 5 de abril de 1992, pero ocultado su paradero, para justificar el golpe de estado) y las leyes que promovieron la desmovilización y reintegración de los subversivos, el Fujimorismo no obtuvo mayores triunfos sobre Sendero y no logró erradicar las columnas supérstites, que ahora vuelven a actuar con golpes de efecto como lo demuestra el secuestro de trabajadores de la petrolera Teching.

                      Nuestras Fuerzas Armadas fueron llevadas a una derrota militar con el Ecuador por la cleptocracia que usó sus necesidades operativas para enriquecerse. El triunfo sobre la subversión es cuestionable, pues Sendero Luminoso nunca estuvo en condiciones reales de tomar el poder. Casi exterminar a la población rural quechua hablante de Ayacucho no puede ser considerado un “ triunfo “. El mayor aliado de Sendero fue la debilidad estatal y el cruce de mutuas intolerancias políticas y sociales. Los militares y la cleptocracia Fujimorista-Montesinista no dejaron un estado fortalecido ni un país socialmente organizado. Como lo demuestra la caída del régimen, sucedió todo lo contrario.

                      Construir la tolerancia en el Perú es empresa difícil, pues la política peruana se practica sobre la base de la negación del adversario, su linchamiento y utilización contra terceros. La historia del antiaprismo lo demuestra. El problema es que la cultura política deja de ser democrática y se vuelve intolerante, que es la mejor base de los autoritarismos con apoyo social.

                      La política peruana tanto en su versión democrática como autoritaria, organiza la exclusión de élites y sectores identificados con gobiernos o movimientos políticos controversiales. No se aceptan las equivocaciones y mucho menos se intenta concederle a quienes se equivocaron el beneficio de la duda. Los triunfos electorales son grandes procesos de negación y exclusión del adversario.

                      Para que nuestra Democracia siga avanzando y fortaleciéndose necesitamos más tolerancia, perdón y reconciliación. En el caso de los miembros de las organizaciones guerrilleras y de miembros de las Fuerzas Armadas, debe contemplarse en una primera etapa una amnistía para la reconciliación que alcance a aquellos que no hallan cometido delitos de sangre. El compromiso debe ser la organización de un partido político. Existen precedentes sobre este tema en América Latina.

                      Por lo mismo el Fujimorismo que no robó ni amparó la cleptocracia y que no tiene las manos manchadas de sangre, debe ser reconocido como actor autónomo en el proceso democrático. Son los votos los que definirán su futuro.

                      Al final la tolerancia democrática implica en el Perú una auténtica refundación de la política. Los partidos, tanto los antiguos como los nuevos, deben hacer evolucionar el diálogo institucional hacia formas políticas novedosas que impliquen mutuos reconocimientos y no negaciones de tipo histórico o coyunturales.

                      La superación de las inequidades, desigualdades e injusticias, tal como se ha demostrado en el siglo que concluyó, se consigue sobre la base de la tolerancia, el diálogo, la concertación y la cooperación. No sobre la base de la lucha de clases o luchas étnicas ni agudizando las contradicciones. Ello no implica empero, dejar de lado la teoría crítica y los valores humanistas de la era de las revoluciones,  ni dejar de denunciar la explotación como base real de la acumulación capitalista.

                      Como decía la canción española “ Aquí entramos todos o no entra nadie “

                      Saludos a todos,

                      México DF a 12 de junio del 2003                   

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*Sociólogo y Politólogo egresado de la Universidad Complutense de Madrid. Master en Estudios del Desarrollo por la misma universidad. Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Actualmente es profesor de la Universidad Iberoamericana del DF, La Universidad Anahuac y la UDLA – sede México DF. Es investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

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